Por Buenafuente.com
Thursday, 18 September 2008
ImageUna enfermedad hepática crónica que afecta tanto a hombres como a mujeres, y debido a que puede permanecer asintomática por un largo período, no siempre se la diagnostica a tiempo. El hígado es un órgano esencial para el buen funcionamiento del cuerpo humano. Es el encargado de depurar -limpiar- nuestro organismo de diferentes sustancias, ya sea las que consumimos (como el alcohol y los medicamentos), ó las que produce el propio organismo.
Ubicado en la parte superior derecha del abdomen -bajo el diafragma y protegido por las costillas-, éste órgano que pesa alrededor de un kilo y medio, se conecta con el intestino delgado mediante el conducto biliar –por el cual se transporta la bilis producida en el hígado- siendo así fundamental en el proceso de digestión. Además, es indispensable para el organismo ya que participa en una gran cantidad de procesos químicos necesarios para el comportamiento normal.
Cuando este órgano comienza a fallar, surgen una serie de problemas que dan lugar a los síntomas.
La cirrosis se caracteriza por el endurecimiento del hígado, sucede cuando una célula del tejido normal se daña por completo y el organismo la “repara” cicatrizándola. La muerte progresiva del tejido hepático normal, es sustituido por un tejido fibroso o cicatricial incapaz de ejercer las funciones del hígado.
Pero esta cicatrización conocida como cirrosis, es la etapa ya avanzada de la enfermedad hepática, denominada hepatopatía crónica cuando dura más de 6 meses. Los diversos cuadros, se dan en función de la cantidad de células dañadas –que se miden a partir de las transaminasas y determinan el grado de afectación-.
Los primeros pasos de esta afección consisten en la acumulación de grasa en el hígado inflamado, lo cual provoca un funcionamiento inadecuado y un aumento en el tamaño del mismo. Sin embargo, los cambios que se producen en el tejido, pueden ser reversibles y recuperarse si desaparece el estímulo que los ha provocado (como suele suceder con los pacientes que beben alcohol). Pero una vez que el tejido se dañó por completo y se cicatrizó, ya no hay vuelta atrás. Si bien el hígado podrá adaptarse y seguir con sus funciones durante un tiempo largo, esa parte afectada ya no se recuperará.
Cabe aclarar que no todos los pacientes que sufren hepatopatía crónica tienen necesariamente cirrosis.
Dentro de las causas más conocidas de la enfermedad, se encuentra el consumo excesivo de alcohol: se estima que entre el 40% y el 50% de los casos son provocados por él. Según los estudios, el tiempo mínimo de alcoholismo necesario para que el tóxico origine una cirrosis es de 10 años, aunque no siempre es así.
Otros factores que pueden provocar una cirrosis son el virus de la hepatitis B y C ó por otras infecciones como la esquistosomiasis, la brucelosis, o la toxoplasmosis.
Las enfermedades autoinmunes también llegan a ser peligrosas ya que si las células T del cuerpo reconocen a las hepáticas como el agente externo y producen anticuerpos para destruirla, el hígado se dañará a medida que las células del mismo se vayan muriendo.
De todos modos, a pesar de que los estudios puedan detectar la causa, una vez que la cirrosis afectó al paciente da lo mismo si fue por una u otra cosa; porque en esa etapa del proceso, los pasos a seguir del hígado son los mismos.
Entre las funciones más importantes de este órgano, se pueden mencionar: la producción de bilis, la fabricación de proteínas (algunas necesarias para la coagulación de la sangre), el metabolismo del colesterol, el almacenamiento de glucógeno (sustancia que sirve para guardar energía), producción de hormonas, metabolismo de grasas, detoxificación ó depuración de sustancias del organismo y de medicamentos, alcohol, ó drogas.
Cuando estas funciones se ven alteradas por la destrucción de las células hepáticas, se convierten en los responsables de los síntomas. El más común y que frecuentemente lleva a la consulta médica, es el mal funcionamiento del hígado. Luego, en una etapa avanzada, pueden aparecer la falta de apetito, el cansancio, la pérdida de peso, debilidad, náuseas y vómitos –que pueden llegar a ser de sangre cuando existen varices esofágicas y/o alteraciones de la coagulación de la sangre-.
Otros síntomas pueden ser: alteración en la distribución del vello, arañas vasculares, aumento del tamaño de las glándulas parótidas, enrojecimiento de las palmas de las manos, ictericia -un tiente amarillo de la piel y las mucosas debido al exceso de bilirrubina circulante-, hinchazón abdominal cuando se produce ascitis - acumulo de líquido en la cavidad abdominal-; en los hombres impotencia y en algunos casos ginecomastia –aumento del tamaño de las mamas-, y en las mujeres, suele haber alteraciones en la menstruación, con reglas escasas e irregulares, o nulas.
Las complicaciones más frecuentes que presenta la enfermedad son: las varices, el aumento del tamaño del bazo, la ascitis, la encefalopatía hepática, la peritonitis bacteriana o el cáncer de hígado. Si ninguna de estas ha afectado al paciente, se considera la enfermedad como una “Cirrosis compensada”, ya que el hígado tiene la posibilidad de seguir funcionando a pesar de que algunas de sus células se encuentren dañadas.
En esos casos, el tratamiento recomendado se basa en una dieta balanceada, baja en sal, y la prohibición por completo de la ingesta de alcohol.
En aquellos pacientes que sufren de cirrosis a causas del Virus C pueden recibir tratamiento farmacológico, con antivirales.
La cirrosis provocada por las enfermedades autoinmunes, suelen tratarse con corticoides, que ayudan al reducir los anticuerpos circulantes que atacan al hígado.
La ingesta de aspirinas o antiinflamatorios no es para nada recomendable debido al riesgo de producir retención de líquidos y empeorar la ascitis. Hay que tener cuidado con fármacos como los que se usan para el insomnio, por la depresión, el riesgo de dormir en exceso al paciente y/o de favorecer la aparición de encefalopatía hepática.
Algunas veces, en pacientes alcohólicos, la administración de vitaminas B y C y de ácido fólico puede ser de gran ayuda ante el déficit vitamínico provocado por una dieta poco equilibrada.
El trasplante de hígado es la última opción terapéutica, y debe considerarse en todo paciente con cirrosis hepática avanzada. Sin embargo, muchos enfermos no serán tratados mediante esta técnica ya que se indica el trasplante cuando la expectativa de vida de la persona con cirrosis es inferior a la del trasplante, es decir cuando surgen las descompensaciones y su pronóstico no es para nada favorable.
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